Entretenimiento
Crónica de la vida cotidiana de Alberto Aguilera, alma del pueblo de México
Por: La Redacción.
Ciudad de México., a 27 de agosto del 2026.- Este viernes se cumplen 10 años de la muerte del compositor y cantante Juan Gabriel, artista prolífico y universal, texto y melodía para generaciones. Hace una década, el pueblo de México y melómanos de la música popular fuera de nuestras fronteras, se conmocionaron por la noticia, que expandió el espectro de su interés por semanas.
Sirva la efeméride para recordar su obra con una crónica que contextualiza la conversación que esta casa editorial tuvo con el artista, siendo de los pocos medios que contó con su voz para una entrevista. El artista michoacano, en sus últimos años, no daba declaraciones a medios que no fueran chacoteos de banqueta. La narración rescata parte de la esencia del llamado Divo de Juárez, nuestro mejor embajador en el mundo del sentimiento.
Se sabe que provino de un pueblo del interior del país, pero, no sería locura pensar que, por su esencia, su percepción razonada y el poder mágico de sus palabras y acciones, provino del hiperespacio. Pocos se han preguntado por qué el albergue que fundó en Ciudad Juárez lleva por nombre Semjase, deidad venida de la constelación de las Pléyades.
Un paro cardiaco fue lo que detuvo su cuerpo en el mundo material. Pero Juanga sigue de gira artística, una que se prolonga por siempre en mente y espíritu.
Nacido como Alberto Aguilera Valadez, el músico alcanzó un lugar en el gusto de todos de forma inconsciente y su obra sigue transmutándose porque está latente en nuestra vibración, ley universal que dominaba.
Motivo detonante para recordar
El plasmador textual que esto escribe halla motivo detonante en su efeméride de despedida, este 28 de agosto, para recordar la experiencia que tuvo con este valioso personaje-esencia de la vida cultural y social.
Alberto y su personalidad de paz, de un plano diferente al del mundo externo, era capaz de modificar a quien estuviera cerca. Te hace sentir, si el respetable lector permite que este aplastateclas hable en primera persona, que eres el artista de tu propia vida.
La cosmogénesis de su sabiduría no parece proveniente de la vivencia, la experiencia o la dureza, sino de la longevidad del alma. Se percibe a la de Alberto o Juan Gabriel, como una conocedora de los principios de la verdad. De las leyes universales.
Era, desde un primer plano, un juglar consciente de su pericia para ser amado. Un niño “travieso”, como él se decía, que se divertía con ser artista, pero que en realidad hierofante era; un sabio que, con sus canciones y sus ideas, mostraba a su ser mental, a su reciprocidad. También su vibración, su polaridad, el ritmo que le ha hizo fluir para entender las causas y los efectos. Un entregado, sin miedo a la concepción.
El extraterritorial Alberto Aguilera ofrendó al mundo a Juan Gabriel para que éste fuera el alma del pueblo de México; su texto y melodía. Estas palabras sí existen. Y son loops que suenan en mi sique, porque las emitió quien fue el primer paso para que el artista le diera una entrevista a La Jornada: Hervé Vilard, cantante francés amigo del Divo de Juárez y, de hecho, el que aparece como sorpresa en los conciertos que ofrece Juanga en el Auditorio Nacional.
La Jornada y Juanga
Es 2012, La Jornada entrevistó al mencionado intérprete, autor de Capri c’est fini por medio de otro francés, Michelle Roche, quien hacía un trabajo gráfico sobre Juan Gabriel (lo seguía a todas partes para registrarlo) y quien me presentó a Vilard, con quien conecté de tal forma que emergió la confianza como para exponerle mi interés por entrevistar a Juan Gabriel, si es que había oportunidad.
Al otro día, recibo un mensaje de Michelle, quien me pedía que fuera a esperar al cantante al hotel, y lo demás fue caer en blandito.
Estuve tres días en el María Isabel Sheraton, en Paseo de la Reforma, donde se hospeda el cantautor. Tuve que esperar por horas a que regrese de sus ensayos. Ser paciente y aguantar en un órbita cercana a él para ver si su traslación lo hace voltear. Pero también concientizarme de la posibilidad de no obtener nada.
Mientras, a soportar en el lobby las miradas de sospecha de los trabajadores que veían a un posible grupi (fan) insistente. Había que sobrellevar la misión, moverme en el bajo perfil o hacer como si fuese un turista… flotar en el océano como boya hasta ver al ser marino dorado dejando su estela; mientras, pasaba el tiempo, y claro que me fui perdiendo en mar abierto.
Como laurel a la perseverancia y fe, y tras horas de angustia y varios cafés de mala calidad, al tercer día, como todas las mañanas, salió el señor Sol, y di gracias a Dios por otro día más. Tuve fortuna: apareció la luz, el Divo. El avistamiento es el de un humano con un ajuar que puede sonar hasta en el silencio del bullicio de una ciudad. Vale la pena sólo observar la escena: su figura dejando surco a través de la gente que lo mira, lo admira.
En velocidad de 60 cuadros, veo como un espectador de película hollywoodense, a tal cetáceo iridiscente girar su cabeza. Hizo pausa, detuvo a su grupo y, antes de subir a un elevador que lo conduce a su suite, revirar hacía el sillón del lobby en donde estoy. Camina. Mas bien, levita; lo hace con ritmo, como todas las cosas que hace, y, con una sonrisa en cara, pregunta: “¿Eres el de La Jornada? Disculpa por no atenderte, vengo de ensayo y he estado cansado”.
Aún pasmado por la escena y por una sencillez que nunca imaginé tendría, se dirigió hacia donde yo permanecía, y adelantó: “regresa mañana a las tres de la tarde. Te espero en mi suite”.
Al regresar a mi hogar no entendía lo que acababa de suceder. Sólo seguí el curso del agua del río, que venía con gran caudal.
En su casa de la CDMX
Veinticuatro horas después, en el mencionado alojamiento de dos pisos del Sheraton, me encuentro a punto de subir al elevador que conducía a la suite de Juanga todavía pensando que pudiera cancelar la cita. Aún no reciclaba al personaje con el que me iba a reunir. Sólo repaso algunas de las preguntas que haría y decidir si formularlas o no. El encuentro de ayer en el lobby con él me dio confianza para sentir que ese artista no es al que no le agradan las entrevistas, a ese que no le gusta hablar de su vida personal o, el que las sociedad ha hecho polémico por revelarse como es.
Ese lugar es su casa en la Ciudad de México, lo aseguraba. En ella se siente la calidez de hogar. Se respira silencio y paz. Entrar fue tener un bautizo en el presente de un legado fundacional.
Alberto me recibe con un canto casi imperceptible que se escucha al fondo. El de un sireno seductor. Me espera frente a una mesa grande de cristal, con una laptop y una taza de café. Viste cómoda pijama de franela, cálida como el ambiente. Frente a su compu, sigue tarareando el fragmento de alguna canción, como dando ambientación al espacio. Voltea y me saluda; ofrece un abrazo. Me pide sentarme con él y comienza a preguntar que cómo me ha ido. Sentí como llegar a la casa de un tío cómplice al que le puedes contar todo.
Por la estancia pasan personas, para ver si se ofrece algo; sus cocineras, que siempre lo acompañan, me ofrecen agua.
Antes de nuestra entrevista, la cual apareció el 23 de febrero de 2012 en estas páginas, Alberto se muestra muy platicador fuera de la grabadora. Habla en tono personal. Comenta sobre Michoacán, su estado de origen. De cómo están las cosas y del porqué no volvió. Le comparto que mi origen también es, digamos de allá; el de toda mi familia materna, pues. Un puente etéreo se creaba al nivel de bautizarme rápido como “tocayo”.
Me permite contarle una experiencia de cuando siendo niño, en una visita que hice al pueblo de mi mamá, en esa misma entidad, fui al cine. Era una sala muy precaria que incluso tenía hoyos en el techo y en la que proyectaban unapelícula tipo videohome, como hecha en tres días. Aparecía un tal Juan Gabriel. Le dije que el nombre de ese personaje se me había quedado en la mente como a los siete años, porque sentí que era como el de un santo. La experiencia le dio gracia. Sus ojos tristes siempre alegres se abrieron más. Sonrío. Parece que se conectó con lo que le dije, con esa procedencia y con la naturalidad con la que le conté mis cosas.
Él, por su parte, me compartió que había vivido cosas similares, muy curiosas, en su natal Parácuaro. Hablamos también de las madres, de la importancia de la educación que éstas dan los hombres para tener mejores principios, valores. “Vengo de Michoacán, de una familia que se tuvo que ir a Ciudad Juárez por las razones que hayan tenido que ser; también sufrieron allá. Fue atroz para ellos. Yo estaba ya encerrado y carecí del cariño de mi madre, de sus cuidados”, externó ese día ante la grabadora. Pero antes de apretar el rec, un intercambio muy que se queda en mi sique porque comenzamos a charlar como conocidos. “Somos los Juanes”, espetó.
Alberto aseguraba que tenía muchas historias, y que le gustaría compartirlas. Que luego me decía cómo. Yo no sabía a qué se refería ni cómo interpretar ese comentario, por lo que le pregunté si no había tema si lo comenzaba a grabar. Apreté el botón rojo.
Nuestra entrevista se convirtió en breve consejería de vida, lo que facilita cualquier conexión. “No hay que guardar rencores, porque hoy día, y aunque haya carecido de mi madre y de su cariño, ahora tengo el de millones. Su amor está derramado por todas las madres de México, aunque ellas no lo sepan”, decía quien sí nació para amar y quien vino con la sabiduría del perdón.
“Todos somos de todos”, comentaba refiriéndose a que hay un espíritu total al que pertenecemos, más allá del cosmos, del tiempo, del espacio. Suena volado, pero su voz me hizo creer o tener la certidumbre de pertenecer a su mundo, al de todos, y tener el deseo de que sus respuestas se prolongaran eternamente y nunca parar la grabación.
Al final de nuestra entrevista, me pregunto cómo captar para los lectores del diario estos momentos memorables. Cuestiono al ya “tocayo” si permitiría una fotografía para la publicación. Pero su outfit era como para estar encerrado viendo películas en casa. Sin embargo, como rey mago, muestra su habilidad de ilusionista. Me pide que lo espere. Se dirige a uno de los cuartos de la suite y, en menos de dos minutos, da un salto cuántico regresando ataviado cual príncipe sumerio, con incalificable sentido del vestir, muy Juanga.
Me invita a la terraza de otra de las habitaciones, donde el Ángel de la Independencia se ve pequeño. Es su set improvisado para la sesión repentina.
Tras la última foto, nos tomamos la tradicional selfi, que sufrió embeleso por su comentario posterior: “Tocayo, te quiero proponer algo.”
Todo pasa muy rápido. Alberto me ve a los ojos y, con cara seria, lanza una propuesta que helaría a cualquiera escritor, periodista o presiona teclas: “Me gustaría que escribieras sobre mí”, aseguraba. “Lo voy a hacer con esta entrevista”, le respondo. Me reitera que su deseo es tener un libro sobre él. ¿Libro? ¿Quieres decir, como una biografía?”, replico… Silencio y apostillo sin razonar: “como una especie narración en primera persona”.
Michelle Roche, del que hable antes, estuvo esa tarde en la suite. Y obvio se enteró de la propuesta, la cual luego compartí al que entonces era mi jefe, Fabrizio León, a quien despertó gran pasión; tanta, que se subió a la embarcación y todo a las prisas propuso una edición especial con fotos, etcétera. Interesante también, aunque la idea inicial de Alberto era algo personal; sólo buscaba quien le redactara. De hecho, a varios entusiasmó. El amigo francés se puso en contacto con nosotros y, en abril, nos lanzamos a la casa de Juan Gabriel en la Rivera Maya para que escuchara rápido el proyecto. Supo que iba Fabrizio León y la actriz Claudia Goytia, amiga de Michelle, quien ya estaba esperando con Juanga.
En el kilómetro 45
En el kilómetro 45 de la carretera Cancún-Tulum, está la casa, absorbida por un hotel cerca de Puerto Morelos. Sólo se puede acceder a ella llegando al lobby. Tras identificarte, un carrito de golf te lleva por una vereda tropical por cuartos y luces tenues. Sabes que llegas a la morada del autor por un letrero en lo alto de la propiedad. El nombre de Juan Gabriel brilla con luces neón.
Uno de sus ayudantes nos da acceso a una alta y fresca sala, muy iluminada y decorada con motivos prehispánicos e hindúes. Es una estancia en las que prevalece el verde, la sensación es de incertidumbre por saber cómo tomaría el nuevo planteamiento.
Luego de unos minutos, un ser de ultramar como anfibio aparece ante nosotros. Su andar es sosegado, como de alguien que parece que vivió en una isla o venido de una caminata de días por la playa. Cero glamur porque éste, el ser lo lleva en la piel. Ataviado está con chanclas, bermudas y playerón oversize. Efectivamente, venía de dar un paseo.
Tras saludar a todos los presentes, me abraza. Le presento a Fabrizio. Y él nos pide sentarnos en su confortable vestíbulo. Dejo que el originador de la nueva propuesta inicie hablando. Alberto oye pero parece que no escucha. En cada comentario, voltea a verme en sentido de saber mi opinión. “¿Qué opinas Juan José?”, me cuestiona.
Le pido que escuche la sugerencia, la cual parece interesarle, pero a un viejo lobo es difícil enseñarle a aullar. Nos pidió esperarlo. Tiene que consultarlo y decidir. El tema de los derechos es profundo. A mí me comenta que, de concretarse el proyecto, tendría que pasar muchos días en su casa, acompañándolo. Es como un viaje onírico.
Nos ofrece bebidas. Luego, nos enseña su casa, su estudio, su lugar de sanación. Ofrece un recorrido por su nicho, en el que también existe una sala de conciertos, a donde ha llevado a grupos, sobre todo de seguidoras, a ofrecerles conciertos.
También nos muestra el lugar en el que ha grabado sus últimas placas. Prepara en ese momento el álbum Los dúo, cantando con Vicente Fernández, Marco Antonio Solís, Juanes, entre otros. Da una probadita del disco, cejo de exclusividad para oídos privilegiados el escuchar antes que todos las rolas de Juanga. Y hasta nos enseña parte de su extensa memorabilia, como una guitarra que recién le habían regalado artistas wixárikas.
Antes de retirarse y dejarnos en “su casa”, ofrece que cenemos. Su cocina es muy grande pero se basa en lo que prepara el hotel. Pido una hamburguesa y la disfruto con una percepción extraña de que no volvería a ese sitio.
No sabemos si la nueva idea de ese nuevo libro no prendió tanto a Alberto, pero lo seguro es que me quedo con la sustancia que atestó la morada de Juanga en mi dermis y mis entrañas. La de un ser encantador al que le gusta compartir, hasta una simple hamburguesa con papas.
Nos quedamos esperando respuesta del artista, quien platicaría de ello con su hijo Iván, su heredero universal.
Tras ese tiempo, seguí una comunicación con Alberto por medio de correo electrónico. Algo atesorable. Él apenas empezaba con eso de la tecnología y en uno de sus primeros mails escribía su texto en la parte que es para el asunto.
Luego de que leyó nuestra entrevista en La Jornada, me mandó esto: “Te requetefelicito 🙂 Escribes mejor que yo explico 🙂 Tú también estás formando parte de mi realización…”
Otro más largo fue: “(sic) Juanjo: Muchas gracias por tus palabras, me encuentro en Cancún, por que sé que eres amigo y me comprendes, te confío que este michoacano que tu conoces, al igual que México, y lo conoces muy bien y lo quieres, está muy, pero muy triste, de que he recibido sólo malas noticias de mi divino estado y… Mi pueblo Parácuaro… 🙁 Es el cumple más doloroso de toda mi vida, que empiezo a pasarme y aún no son las 12 aquí en donde estoy.… La situación de mi pueblo Parácuaro me tiene entristecido y claro, todo Michoacán, ya tenía para estar triste con todo lo sucedido en Juárez y ahora ¿ que hacer? muchas gracias por acordarte de mí, por favor hazle sentir mi admiración, respeto, agradecimiento y cariño a todos mis paisanos estén donde estén… Les deseo a Ti y a todos mis paisanos salud, vida larga y buen tiempo lleno de éxitos… En un abrazo muy fuerte… Feliz Año Nuevo… Lleno de paz…”
En una ocasión que cubría un festival de cine en Marrakech, Marruecos, le escribí para saber qué había pasado con lo de sus memorias. Sólo recibí un: “Diviértete mucho, mucho, mucho y cuídate más… 🙂 Ahí debes tener toda la felicidad que mereces :)”
No hicimos el libro de Juan Gabriel, pero el hecho fue mi disparador para que brotara Alquimia audiovisual. Conocerlo me recordó, reitero, que todos somos los artistas de nuestra propia vida, basado, claro, en su creencia de que ayuda el mantenerse feliz, cuyo “secreto es estar alegre todos los días, agradecido”, sobre todo “si estás completo, si estás bien. Los únicos que tienen derecho a reclamar son las personas a las que les faltan ojos o que no oyen o no hablan, o que les falta un miembro, ellos tienen derecho; si estás completo, debes alegrarte”.
Juan Gabriel era un ser “agradecido con la vida, con la música y con la gente”.
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